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18 junio 2026

ESTA BANDERA NO SE ARRIA NI SE ENTREGA

 

Por Aurelio Nicolella

Las palabras que llenan de orgullo a más de un oriental fueron pronunciadas por Timoteo Domínguez en la isla Martín García. Al pronunciarlas, dejó en claro que el "orgullo oriental" existía y persistía desde los tiempos de las luchas patrias encabezadas por José Gervasio Artigas.

Timoteo Domínguez era entonces comandante de la guarnición oriental que ocupaba la isla desde los tiempos en que el almirante francés Le Prédour había tomado posesión de ella durante el conflicto internacional librado contra el gobernador argentino Juan Manuel de Rosas.

Concluida aquella confrontación y derrotado Rosas en la batalla de Caseros, el general argentino Justo José de Urquiza, con el apoyo de tropas brasileñas, orientales y de la escuadra francesa, asumió el gobierno de la Confederación Argentina.

Cumplida la misión militar y desaparecido el interés estratégico que había motivado la ocupación, Le Prédour decidió retirarse de Martín García. Antes de hacerlo, remitió comunicaciones a los gobiernos de Montevideo y Buenos Aires manifestando que: "La suerte de la isla debía depender de los arreglos que se formaran entre el gobierno de la Confederación Argentina y el de la República Oriental del Uruguay".

La posición argentina fue inmediata y categórica. Buenos Aires sostuvo que la isla constituía patrimonio histórico de la Confederación, por lo que no existía cuestión alguna que negociar. Le Prédour debió presentar las excusas correspondientes al gobierno argentino, pues había actuado creyendo realizar un gesto diplomático al invitar a ambas naciones a dialogar sobre la cuestión.

Poco después, el gobierno argentino remitió una nota diplomática al Poder Ejecutivo uruguayo solicitando la entrega de la isla a las autoridades de la Confederación, advirtiendo que entre los días 10 y 15 de marzo de 1853 partiría desde Buenos Aires una fuerza militar suficiente para tomar posesión definitiva del territorio.

Mientras tanto, Timoteo Domínguez permanecía en Martín García junto a un pequeño destacamento oriental, integrado además por cinco mujeres y tres niños, manteniendo una ocupación pacífica aunque contando con algunos pertrechos militares.

El 16 de marzo de 1853 arribaron a la isla tropas y embarcaciones argentinas. Para entonces, Domínguez ya había recibido instrucciones del gobierno de Montevideo ordenándole entregar el territorio a las autoridades argentinas.

Fue entonces cuando ocurrió la escena que inmortalizaría su nombre. Reunió a sus hombres, a las mujeres y a los niños frente al mástil donde flameaba la bandera oriental y, con profunda emoción e impotencia, pronunció una frase destinada a ingresar en la memoria histórica uruguaya:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

Acto seguido, retiró el pabellón nacional, desmontó el mástil, lo cargó sobre sus hombros y abordó un ballenero rumbo a Colonia del Sacramento, dejando atrás la isla Martín García.

Aquellas palabras expresaron el dolor y la dignidad de un hombre que cumplía una orden sin renunciar a sus convicciones patrióticas. La popularidad de Domínguez creció rápidamente en el Uruguay, donde muchos vieron en su actitud la representac
ión del orgullo nacional herido.

Pero el destino le reservaba un final trágico. Apenas ocho meses después de su regreso, mientras ejercía como jefe político del departamento de Soriano, fue capturado durante una revuelta partidaria. Sus enemigos lo decapitaron y enviaron su cabeza a su esposa, la misma mujer que había compartido con él los días de aislamiento en la isla Martín García.

Sin embargo, la historia parecía no haber terminado allí.

A partir de 1965 comenzó a emerger, al noroeste de Martín García, un banco de limo y arena producto de la sedimentación natural del Río de la Plata. El Tratado del Río de la Plata, firmado entre Argentina y Uruguay en 1973, estableció que Martín García permanecería bajo soberanía argentina, pero que las nuevas islas surgidas por sedimentación corresponderían al país en cuyas aguas se formaran.

Con el correr de los años, aquella elevación se convirtió en una isla de dimensiones significativas. Uruguay decidió bautizarla Timoteo Domínguez, en homenaje al hombre que un siglo antes había pronunciado la célebre frase.

La ironía de la historia quiso que la isla Timoteo Domínguez terminara uniéndose físicamente a Martín García, transformando a esta última en un enclave argentino rodeado por territorio uruguayo.

De algún modo, Timoteo Domínguez volvió al lugar del que había partido. Como un símbolo del espíritu oriental, su nombre permanece unido para siempre a la isla que se resistió a abandonar.

Tal vez sea sólo una metáfora. O quizás, como gustan decir algunos orientales, sea el eterno regreso de aquel hombre que, frente a la adversidad, proclamó con firmeza:

"Esta bandera no se arría ni se entrega."

16 junio 2026

16 DE JUNIO DE 1955: EL BOMBARDEO DE PLAZA DE MAYO Y LA QUEMA DE IGLESIAS. UNA JORNADA TRAGICA PARA LA ARGENTINA


Por Aurelio Nicolella

El 16 de junio de 1955 constituye una de las fechas más dramáticas de la historia argentina contemporánea. En el marco de una creciente confrontación política entre el gobierno del presidente Juan Domingo Perón y diversos sectores opositores, una sublevación militar intentó derrocar al gobierno constitucional mediante un ataque aéreo sobre la ciudad de Buenos Aires. Ese mismo día, durante la noche, varios templos católicos fueron incendiados y saqueados. Ambos episodios dejaron profundas heridas en la memoria nacional.

A las 12:40 horas aproximadamente, aviones pertenecientes a sectores de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea comenzaron a bombardear y ametrallar la Plaza de Mayo y sus alrededores. El objetivo de los rebeldes era asesinar al presidente Perón y provocar un levantamiento general de las Fuerzas Armadas que pusiera fin a su gobierno.

Sin embargo, el presidente no se encontraba en la Casa Rosada al momento del ataque. Quienes sí estaban allí eran cientos de trabajadores, empleados públicos, transeúntes y ciudadanos que circulaban por el centro porteño. Además, numerosos simpatizantes peronistas habían sido convocados a concentrarse en la plaza en apoyo al gobierno.

Durante varias horas, las aeronaves descargaron bombas sobre la Plaza de Mayo, la Casa Rosada, el edificio del Ministerio de Ejército y otros sectores cercanos. También se registraron ametrallamientos sobre personas que intentaban escapar o auxiliar a las víctimas. El saldo fue devastador.

Aunque las cifras exactas continúan siendo objeto de estudio, existe consenso en que murieron más de 300 personas y resultaron heridas centenares. Las investigaciones históricas más recientes han identificado al menos 308 víctimas fatales, aunque algunos autores sostienen que el número pudo haber sido mayor. La inmensa mayoría eran civiles sin participación en las acciones militares.

El bombardeo de Plaza de Mayo es considerado el mayor ataque aéreo perpetrado contra población civil en la historia argentina. La magnitud del hecho provocó conmoción tanto dentro como fuera del país. Los responsables directos de la sublevación justificaron sus acciones como un intento de terminar con lo que consideraban un régimen autoritario; sin embargo, el elevado número de víctimas civiles convirtió al episodio en uno de los acontecimientos más repudiados del siglo XX argentino.

En medio del desconcierto y la tensión generados por el ataque, durante la noche del 16 de junio fueron incendiadas varias iglesias del centro de Buenos Aires. Entre ellas se encontraban la Curia Metropolitana, Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, San Miguel Arcángel y La Merced. Además de los daños materiales, se perdieron documentos históricos, bibliotecas y valiosas obras de arte religioso.

La relación entre el gobierno peronista y la Iglesia Católica atravesaba desde hacía meses un período de fuerte deterioro. La eliminación de la enseñanza religiosa obligatoria, la sanción de la ley de divorcio vincular y otras medidas impulsadas por el oficialismo habían profundizado el conflicto con sectores eclesiásticos. La multitudinaria celebración del Corpus Christi del 11 de junio de 1955 evidenció públicamente esa fractura.

Respecto de la responsabilidad por la quema de iglesias, persisten interpretaciones divergentes entre los historiadores. Algunos sostienen que participaron grupos vinculados al oficialismo; otros señalan la insuficiencia de las investigaciones realizadas y la existencia de interrogantes que nunca fueron completamente esclarecidos. Lo que no admite discusión es que se trató de un grave atentado contra la libertad religiosa y contra el patrimonio histórico y cultural de la Nación.

Los sucesos del 16 de junio de 1955 reflejan el nivel de polarización que había alcanzado la sociedad argentina. Tanto el bombardeo sobre civiles indefensos como la destrucción de templos religiosos constituyeron expresiones extremas de una lógica de enfrentamiento que debilitó las instituciones democráticas y abrió el camino hacia nuevas crisis políticas.

Recordar objetivamente aquella jornada implica rechazar toda forma de violencia política, cualquiera sea el sector del que provenga. La memoria histórica exige reconocer el dolor de las víctimas del bombardeo de Plaza de Mayo y condenar la destrucción de iglesias y bienes culturales. Sólo una mirada serena y equilibrada sobre el pasado permite extraer enseñanzas para consolidar una convivencia basada en el respeto, el pluralismo y la defensa irrestricta de la vida humana.

Nota del autor: El 16 de junio de 1955 no debe ser recordado desde la lógica de vencedores y vencidos, sino como una advertencia sobre los peligros del fanatismo político. Las más de trescientas víctimas del bombardeo de Plaza de Mayo y la destrucción del patrimonio religioso argentino forman parte de una misma tragedia nacional, cuya comprensión exige verdad histórica, prudencia interpretativa y respeto por todas las víctimas.